martes, 29 de mayo de 2012

Los caminos de Wirikuta





La peregrinación anual de los huicholes enfrenta cotidianamente un mundo convulsivo y con grandes riesgos ambientales, hasta el cerro El Quemado, acosado por proyectos mineros.


Agustín del Castillo / Real de Catorce, SLP, enviado. MILENIO JALISCO, edición del 12 de febrero de 2012

Estas son tierras ásperas, de ganadería extensiva, migrantes y clima extremo, envueltas por las relaciones paradójicas de la economía de subsistencia, la pobreza, la rústica y augusta fe de las canteras; de los siniestros estrépitos de las Kalashnikov, las persecuciones, los retenes y los “levantones”, que perturban la paz campirana al igual que la música de banda, con sus relatos monocordes de hazañas de rebeldes sin más causas que el amor ilimitado a la violencia, a las mujeres y el poder, en vidas “breves pero gloriosas” que conforman el irónico homenaje de la posmodernidad a los héroes homéricos.

Tierras de auroras y ocasos luminosos, una luna llena prodigiosa, agua escasa, inmensas llanuras y bosques de yuca, carreteras con pavimentos fracturados, casas de adobe color ocre, vientos gélidos y relámpagos que resquebrajan la majestad celeste. Lejanas campanadas de iglesias, aullidos del coyote, cactus coloridos y desafiantes de los extremos, murciélagos laboriosos, serpientes sigilosas, búhos que acechan, hombres de rostros endurecidos al influjo constante de la eternidad del desierto.

Estas tierras hostiles forman la travesía de los peregrinos wixaritari en un invierno que se ha vuelto crudo. Hacia Wirikuta, “de donde toda la vida ha nacido”.

El trashumante huichol no sólo deberá recorrer de 250 a 450 kilómetros, según el punto de partida y la ruta a seguir, pues no bastan la voluntad y el despliegue físico. Deberá limpiar sus pecados públicamente, hacer rituales, presentar ofrendas a las numerosas deidades del descampado, ayunar, recoger el hícuri o jícuri (peyote) y atravesar cinco puertas “místicas pero reales”, desde la aldea de origen, en algún punto de la Sierra Madre Occidental, en Jalisco, Nayarit o Durango, hasta el pie de la montaña sagrada, el cerro Quemado o Ra’unax+, altar mayor de Wiricuta, dominante sobre el inclemente altiplano potosino.

Allí se renovarán las “velas de la vida”, la base del precario equilibrio que sostiene al mundo.

Es una peregrinación anual que parte de los más diversos pueblos durante algún momento de los seis meses que forman el día del año wixárika, que son la época de secas -pues es preciso hallar en Wirikuta a los “dioses de la luz”-, y es minuciosamente preparada por marakames, jicareros, cantadores y demás autoridades religiosas y agrarias. En esta ocasión, se han alineado decenas de aldeas, pues hay, además del diálogo místico con las deidades, una intención claramente política: enfrentar los intereses de las mineras que anhelan la plata enterrada en el subsuelo de la Sierra de Catorce y de las planicies donde crecen el peyote y decenas de cactáceas y agaváceas en peligro de extinción.

Es una lucha contra la economía de la acumulación representada por los consorcios canadienses, contra la renovada sed mundial del metal argentífero, contra el impulso al desarrollo y los empleos que divide hoy a los ejidatarios mestizos propietarios de las sedientas tierras de Wirikuta, contra el individualismo y la desmesura de hombres pequeños.

Salvador Sánchez González, de El Cerrito, es un nonagenario cantador: “Nosotros estamos pidiendo que no se hiciera [el proyecto de la mina], pero como el dinero es muy bonito a lo mejor sí se va hacer, pero nosotros no sabemos, a lo mejor los compañeros de estas rancherías ya están de acuerdo, no sabemos, pero qué podemos hacer… nada”.

También le preocupa una amenaza interna de las comunidades, la disolución de costumbres: “antes durábamos hasta tres meses en ir y venir, no había carreteras, no había camiones, no había comodidades, era duro […] hoy vengo en un carro, y no está bien, pero además, los jóvenes no vienen, está la escuela, está el trabajo, las fiestas deben durar menos, puede que todo se nos acabe…”.

Es así, una batalla contra el tiempo, contra las tentaciones de lo mundano y los triunfantes afanes del siglo (de allí, “secularismo”), de que alertaban los franciscanos que hace menos de medio milenio hollaron estos desiertos en busca del hombre nuevo, de la “pureza adánica” de una humanidad que había sido olvidada.

Entre hombres y dioses
Tres camiones han partido a las 7.00 am de la localidad de Bajío de El Tule, en el municipio de Mezquitic, Jalisco, el 4 de febrero. Contienen peregrinos de la inmensa Waut+a (San Sebastián Teponahuaxtlán), la más dilatada de las comunidades huicholas, sobre casi 250 mil hectáreas, incluido el anexo Tuxpan de Bolaños, con un dinamismo económico mayor al de otros enclaves wixaritari.

Tras librar el cañón Bolaños con su pasado de plata también enterrado, la primera parada es al remontar las montañas, después de Villa Guerrero, muy cerca de Temastián, el del Señor de los Rayos, famoso centro de peregrinación de los católicos devotos, y de Totatiche, tierra del sacerdote mártir de la persecución de los años veinte del siglo XX, San Cristóbal Magallanes. Tras hacer breves oraciones y dejar ofrendas, los autobuses arriban a Colotlán y se preparan para internarse en el desierto zacatecano, plagado de zetas que ya han causado perjuicios a peregrinos en el pasado inmediato.

“Fuimos en diciembre y nos asaltaron, nos dejaron sin nada”, refiere el presidente de bienes comunales de San Sebastián, Octaviano Díaz Chema.

Los camiones y sus acompañantes toman la ruta hacia la capital zacatecana. En la periferia, se detendrán para abrir la segunda puerta. Un espectáculo extraño, al pie de una carretera de cuatro carriles y bajo la mirada extrañada de los moradores de los asentamientos irregulares que se desparraman sobre las laderas montañosas. “Tuvimos que movernos, nos construyeron un puente donde nos deteníamos a hacer la ceremonia, pese a que les pedimos que consideraran que era un sitio sagrado”, señala Octaviano. Tras librar la espléndida capital de cantera rosa, la caravana llegará a Salinas de Hidalgo, la entrada al altiplano potosino. Los líderes de la peregrinación descienden en busca de velas para sus rituales, y pese a ser un paisaje cotidiano, los vecinos no pueden reprimir miradas curiosas sobre los hombres de piel cobriza que hablan una lengua incomprensible, que visten de blanco con vistosos tejidos multicolores y hermosos sombreros de plumas de guajolote silvestre. Será en la librería del padre Pío donde encontrarán los implementos de las características deseadas. Luego, la salida al inmenso erial.

El cielo se pone sombrío cuando se arriba a Yoliath, donde hay un manantial sagrado bajo una arboleda que dará refugio en la noche. Salen las caracolas con un sonido que emula al coyote, y se realiza la ceremonia de apertura de la tercera puerta, que culminará al amanecer con velas y oblaciones en las aguas sagradas.

La mañana del 5 de febrero transcurre entre los extensos y solitarios parajes del desierto. Algunos alcanzan el paraje donde se abre el cuarto portal, otros se retrasan y van directo a Las Margaritas, ya al pie de la Sierra de Catorce, donde al atardecer se dará uno de los momentos más importantes de la peregrinación: la caza del venado, esto es, la recolección del peyote (la cactácea de sabor amargo tiene una apariencia de pezuña del venado cola blanca).

Allí comienzan a asomar letreros donde se señala que la minería no está reñida con el turismo y la cultura wixárica. Y aunque muchos simpatizantes de los huicholes lo atribuyen a una campaña de Real Bonanza, subsidiaria de la canadiense First Majestic Silver Corp., o del proyecto Universo, también con financiamiento canadiense, el tema provoca debates en este ejido mestizo, o en el vecino Santa Cruz de Carretas, donde comienza el ascenso a la montaña: unos se preocupan por el perjuicio potencial para la calidad del agua para uso doméstico o de la modesta agricultura; otros señalan que es justo acceder a empleos formales cuando los tiempos secos han matado cientos de vacas y chivos.

José Ángel Olvera opina que la minería dañará el agua que beben sus chivos. César Solís contradice: “aquí sino sale uno a Monterrey a buscarle, pues no hay nada”, se queja. “La gente está de acuerdo en que haya chamba, los jornales se pagan muy mal, y nomás son temporales, hay hambre”, secunda Pablo Olvera.

El peyote será consumido por la noche entre las hogueras encendidas por las comunidades. Hay risas y bromas, se nombran autoridades falsas y se mantiene el misterio, en esa lengua wixárica que mantiene perplejos a los espectadores.

La quinta puerta se abrirá al pie de El Quemado, la mañana del 6 de febrero. Entonces, el ascenso a la ceremonia de la culminación, en el viaje a las fuentes de la luz y la vida.



El altar de los sacrificios
La noche de Ra’unax+ es iluminada fantásticamente por decenas de hogueras; además de 800 wixaritari, hay decenas de invitados especiales y medios de comunicación que han venido de Real de Catorce o del desierto, desde Las Margaritas o Bernalejo.

Las autoridades están reunidas en la parte alta de la montaña, donde sopla el frío a casi tres mil metros de altura. Los invitados suben alrededor de las 10 pm. El escenario del ritual son hileras de piedras blancas, concéntricas. En el centro, los marakames y Humberto Fernández, hotelero de Real de Catorce e íntimo de los huicholes; alrededor, otros notables de los pueblos de la Sierra Madre Occidental. En pocos minutos comienza la música, ante la casi indiferente “mirada de occidente” (Joseph Conrad dixit).

Muchos testigos se tienden sobre el suelo pedregoso y ayudan a encender fuegos para afrontar los omnímodos poderes del viento, entre pláticas banales.

El violinista arranca. Dos cantadores, sentados en sillas y con sombreros vistosos, entonan sus melodías mientras otro wixárica alterna con una especie de recitativo; luego, grupos de comuneros esparcidos por el anfiteatro responden como el coro de una tragedia griega. La sinfonía, que evoca la creación, parece infinita y dominará sobre las horas, mientras bancos de nubes emergen como un evanescente mar desde los valles vecinos. Sueños, transes, fuego, vapores, peyote, frenesí, y una luna llena que ilumina los seres con su baño plateado.

Toda la tiniebla será regida por esa irresistible música in crescendo, que conquistará las almas profanas. A las 3.00 am, todo mundo baila frenético, como poseído de los númenes. Después de las 4 am, una vaca será sacrificada a las deidades de la montaña. El pasaje místico se calla solo después del amanecer.

Los marakaames suben a la parte más elevada del cerro, donde nació el sol, y regresan con un mensaje de tristeza de los dioses por las amenazas que penden sobre su mundo milenario.

Abajo, en el altiplano, algunas vidas individualistas, excesivas y violentas, emulan sin querer los cantos homéricos, mientras otros hombres melancólicos se hunden en la soledad. A cinco siglos, el hombre nuevo no termina de nacer.

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Minería, desarrollo y tradición, un debate enconado

Agustín del Castillo / Real de Catorce, SLP, enviado

En el caso de la minería en la reserva estatal de Wirikuta, una región minera con casi tres siglos de historia, pero milenaria como sitio sagrado de las peregrinaciones del pueblo huichol, las recientes denuncias sobre la resurrección de las explotaciones argentíferas y su daño ambiental ha armado un debate entre las empresas que buscan beneficiar el metal y los líderes y asesores wixaritari.

El conflicto más reciente nació cuando trascendió la intención de Minera Real Bonanza, subsidiaria de First Majestic Silver Corp, de Canadá, de aprovechar una veta ubicada a 450 metros de la superficie en un tramo de las montañas de la Sierra de Catorce, con plata suficiente para justificar la inversión de 100 millones de dólares.

No es un aprovechamiento a cielo abierto, sostiene Juan Carlos González, representante legal de la empresa; la profundidad del yacimiento lo haría incosteable. Se busca aprovechar la red de túneles heredada -más de 400 kilómetros- para llegar a la veta principal y extraer de forma puntual el mineral.

Añade que sólo requerirán de entre 20 y 30 por ciento del agua tratada de los pueblos de Real de Catorce y de Cedral, a los cuales les construirán sus plantas de saneamiento “incluso si el proyecto no arrancara”, lo cual “lo ponemos por escrito y ante notario”, lo cual, a su juicio, desmonta la idea de que aprovecharán las aguas del subsuelo de la región, vitales para la agricultura, la ganadería y el turismo. También sostiene que la minería moderna no tiene pretextos para contaminar: el sistema de beneficio de la plata extraida será “mediante el método de flotación, el cual utiliza reactivos químicos biodegradables e inocuos para el medio ambiente y los seres humanos”, esto es, los químicos aerophine y aerofroth.

También asegura que los depósitos del material sobrante del proceso se confinarán de forma estricta, y que se resolverá el pasivo ambiental heredado. En todo caso, “las actividades quedarán a 7.5 kilómetros del cerro El Quemado y a 1.5 km del Cerro Grande, que es otro sitio ceremonial importante de ellos”; en el primer caso, ni siquiera poseen la concesión de su subsuelo y en el segundo, la tienen pero no posee yacimientos de interés.

“La empresa está dispuesta a ceder a la autoridad legalmente establecida, ya sea le grupo o consejo de ancianos, a los maracames, o a una institución legal que sea toda esa concesión para ellos, cederles 761 hectáreas, con el pago de impuestos de por vida de parte de la empresa, para que ninguna empresa minera por abajo pueda acceder a los sitios ceremoniales [...] son varias concesiones que tendríamos que separar para otorgar la donación, y es lo que les decimos, les damos todo lo que este dentro de nuestras posibilidades”.

A juicio del representante legal, eso terminaría buena parte de la controversia, “queremos sentarnos con ellos para dialogar, mira, yo te ofrezco esto, tú que dices, qué es lo que quieres para que estemos ya en paz, porque dices es que por abajo te va a comer mi cerro, pues te doy lo de abajo...”.

- ¿Esto ya se lo pudieron decir a los huicholes?

- No, porque nunca me han permitido llegar hasta el pueblo wixárika. Siempre hay alguien que nos lo impide, organismos intermedios...

El gerente de la empresa, Ricardo Flores Rodríguez, acusa a los hoteleros de Real de Catorce de generar el conflicto “porque temen que su mercado laboral, con empleos muy mal pagados, se altere con la llegada de la mina, que otorgaría 500 empleos director y 1,500 indirectos, y que paga por arriba de cinco salarios mínimos diarios”, a lo que se agrega una inversión de diez millones de dólares para un ambicioso museo de la minería “que va a detonar la región”, señala ufano.

Pero estos argumentos ya son conocidos por el Consejo Regional Wixárica por la Defensa de Wirikuta, que ofrece sus refutaciones en un documento entregado a la prensa el pasado 6 de febrero:

Por principio de cuentas, la minería ha dejado en 260 años una contaminación con metales pesados que potencialmente es peligrosa para los habitantes de la zona. La mitad de la sierra deforestada ocasionó la modificación del sistema hidrológico, la desertificación progresiva y una mayor pobreza.

Destacan que Wirikuta no es exclusivamente el Cerro Quemado, sino toda la zona protegida de 140 mil ha, “la empresa todavía niega conocer el hecho de que Wirikuta es un territorio sagrado muy extenso que abarca toda la Sierra de Catorce de norte a sur, y el altiplano o bajío. Es una sola unidad sagrada donde convivieron y conviven los espíritus que dieron y siguen dando vida a este mundo [...] por ello, resulta una falacia reducir la discusión a cuánta distancia está el cerro Quemado o Cerro Grande del proyecto minero”. Y por si fuera poco, la vena de San Agustín, que es la que quiere explotar la empresa, está a sólo 992 metros de la zona de ofrendas en Cerro Grande.

La actividad minera no está cancelada en algunos puntos de la reserva protegida, pero “siempre y cuando no signifique alteraciones significativas a los ecosistemas”, lo que a su juicio no sucede con First Majestic Silver.

También duda que 30 por ciento del agua residual tratada de los poblados sea suficiente para el beneficio de los metales, así como que su calidad sea la pertinente para los procesos mineros, lo que haría permanente la amenaza de usar agua del acuífero de la zona, y de paso, desmiente que los químicos aerophine y aerofroth, para beneficiar el metal, sean inocuos. “Se han documentado los daños ambientales en otras partes del mundo, en donde estos químicos han afectado de manera irreversible la vida animal y vegetal”.

Es verdad que hay un entorno crítico con la economía del desierto, pero “no se podrá resolver de fondo y con posibilidades de largo plazo si no se generan procesos sustentables”, donde la naturaleza sea respetada, la cultura huichola pueda sostener su identidad y los moradores de los ejidos obtengan calidad de vida y salud, puntualiza el consejo wixárica.


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Claves

Los datos

• Las empresas mineras First Majestic Silver Corp., con su subsidiaria Minera Real Bonanza, y Revolution Resources Corp., pretenden realizar aprovechamientos sobre territorio de Wirikuta, con los proyectos La Luz y Universo, respectivamente

• Las 35 concesiones y 21 títulos de la primera abarcan 5,735 ha, según la propia empresa; la segunda, 59,678 ha, según datos del Frente en Defensa de Wirikuta

• Las zonas bajo riesgo directo son, por un lado, los cerros Grande y Quemado, y el manantial Mazahuata; por el otro, todo el altiplano donde nacen el peyote y cactáceas y agaváceas endémicas y en peligro de extinción

• El altiplano potosino forma parte del desierto de Chihuahua y contiene en la reserva de Wirikuta (oficialmente: “Huiricuta y la ruta histórico-cultural del pueblo Huichol”) alrededor de 40 mil habitantes con alta marginación, agravada por la sequía reciente

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