domingo, 7 de agosto de 2011

Caminos del Mayab




La península de Yucatán, tierra prometida de los antiguos mayas, tiene los mayores ecosistemas tropicales del país, pero está inmersa en una drástica crisis ambiental desatada por el desarrollismo moderno. Turismo, pesca, cacería y deforestación, agentes de destrucción. En las fotos, arriba, las ruinas mayas de Dzibilchaltún, con su cenote que es centro de recreación de los meridianos; en medio, el explosivo crecimiento de Cancún; abajo, aves en los canales de la ría Celestún


Mérida, Yucatán. Agustín del Castillo, enviado. MILENIO-JALISCO. Este proyecto de investigación fue ganador de una beca de Fundación AVINA en la emisión 2008-2009. FOTOGRAFÍAS: MARCO A. VARGAS


Ma’ya’ab, “el lugar de poca gente” o de “gente escogida” (en la lengua aborigen: ma, negación y ya’ab, muchos), es el nombre que las antiguas crónicas le dan a la península de Yucatán.

Esta tierra de los elegidos mantiene hoy esa prestigiosa resonancia: ante la inminencia del desastre ecológico desatado por la avaricia y la sed de poder de la civilización moderna, algunas minorías, tránsfugas del orden materialista, buscan en este singular rincón planetario algo más que una redención. Desde las colonias menonitas (cristianos holandeses reformados que han huido por cinco siglos de la soberbia y la impureza) enclavadas al centro y el oriente de la región, en tierras rentadas a ejidos mayas o adquiridas al gobierno mexicano, hasta un reciente asentamiento italiano de 800 hectáreas en Xul, donde se edifica una ciudad para resistir los embates del fin de los tiempos, se demuestra la vigencia de esta fama compuesta de aguas subterráneas, suelos frágiles y rocas calizas, entre tupidos nubarrones de misticismo.

Hoy, en una aldea global anhelante de dioses, nadie niega la eficacia mediática de las “profecías mayas” que anuncian la llegada del Apocalipsis, designios emanados –ironía o sabiduría, iluminación o experiencia-, de una cultura que cultivó el exceso y conoció el desastre, de forma continua, durante su largo andar secular.

Lo cierto es que el milenarismo sorprendente y universal de Yucatán (un nombre también equívoco, “Tectetán”-no te entiendo-, les decían los indígenas a los españoles cuando preguntaban el nombre de esa demarcación, así, “Yucatán se llama esta tierra”, concluyen los conquistadores, según Fray Toribio de Benavente), tiene su anverso en la crisis ambiental y social que enfrenta el frágil territorio de casi 150 mil kilómetros cuadrados que cobija toda esta experiencia humana y terrenal.

Estos ecosistemas tropicales donde habitan el jaguar y el ocelote, el mono y el tapir, el cocodrilo y el flamenco, entre miles de montículos de una civilización perdida, están deteriorándose de forma acelerada mientras aumentan las inversiones en centros turísticos, se tienden nuevas carreteras y la explosión demográfica improvisa nuevos pescadores y cazadores en ruta al agotamiento de los recursos.

Así, se asoma el nuevo declive del Mayab, un camino que tal vez ya fue demasiado andado.

Paraísos trastocados
No siempre fue Cancún esa mole de edificios y calzadas que hoy desafían al mar.

Alberto Frizione, antiguo pescador y cazador, ahora empresario turístico y defensor del ambiente, lo recuerda: “Yo llegué por primera vez en 1974, pues me dedicaba a la cacería, y esto era un lugar paradisiaco, llenos de animales y de peces […] era territorio de la federación, y el presidente de la república lo volvió estado, pero en 1979 éramos sólo quince mil habitantes y necesitaba 200 mil al menos, entonces, el presidente invitó gente de todas partes, les dio tierras e hizo crecer esto demasiado pronto; en mi natal Veracruz, cuando yo me salí, tenía medio millón de habitantes, pero con casi 500 años de historia, y Cancún, según el último censo, tiene 850 mil habitantes en tan solo 32 años…”.

El acelerado y subsidiado crecimiento cobró facturas: en torno al modelo Cancún, se abrió un enorme corredor turístico conocido como Riviera Maya, el cual se desplaza unos 100 kilómetros al sur, hasta las ruinas de Tulum, con la nota típica de especulación inmobiliaria, privatización de facto, basura, desplazamiento de campesinos y deterioro de playas. “Hoy, los ejidatarios tienen sus Lincoln o sus Hummer a la puerta de sus casas”, dice un funcionario federal, tras malbaratar sus tierras apenas dotadas una generación atrás.


Al norte y al este, sobre el litoral de Yucatán, el crecimiento turístico desordenado es la norma, y amenaza áreas naturales protegidas tan relevantes a nivel internacional como Ría Lagartos y Ría Celestún, sitios de migración del flamenco rosado del Caribe.

La pesca se ha convertido en una verdadera plaga. Día con día, miles de lanchas con motor se internan en los esteros o penetran al somero mar en el Golfo de México o el Caribe, en busca de unas pocas especies que son presionadas en exceso, independientemente de que sean tiempos de veda o estén en sus sitios de reproducción, como los esteros o los arrecifes. La causa: el exceso de migrantes, y lo precario del ingreso y de las fuentes de trabajo.

“El problema fue cuando metieron las lanchas con motor, tenemos cientos de lanchas y nadie mete orden, muchas no tienen permiso y quien tiene dinero, lo invierte en comprarse una o varias y con un solo permiso las operan todas […] aquí hay mucha corrupción, y le estamos dando en la torre a los bancos de peces y moluscos; por ejemplo, con el pulpo antes se sacaban entre 100 y 200 kilos, y ahora no se logran más de 30; el cangrejo se va a acabar también”, lamenta don Bernabé Pastrana en Campeche.

José Isaías Uhcanul, migrante maya de Celestún, admite: “la pesca ya no da más”, aunque debe volver periódicamente a esa competencia porque el negocio ecoturístico que sostiene con varios compañeros en una cooperativa sólo da ingresos por temporadas. En el caso de la cacería furtiva, localidades completas viven de la “carne de monte” –caza de venado, de pecarí, de pavos, de monos y hasta tapir para cubrir sus necesidades calóricas- derivado de su falta de recursos para acceder a los productos comerciales.

De este modo, la mucha gente que habita esta planicie caliza presiona fuertemente las selvas bajas y medianas que sobreviven cada vez en peores condiciones. Los registros más recientes de la Comisión Nacional Forestal revelan que 28 por ciento de la deforestación nacional (43,177 hectáreas al año) se da en esta región, lo que ha obligado a establecer un programa temprano de acciones bajo la estrategia internacional REDD+ (Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación de Bosques, más el componente social) acordada en el marco de los acuerdos sobre cambio climático, pues junto con la costa de Jalisco y la selva Lacandona, se trata de los espacios en deterioro más acelerado, admite el coordinador de producción y productividad de la Conafor, Sergio Graf Montero.


Para contener el problema, en 2011, el organismo cuenta con 45 millones de pesos más una bolsa con recursos de la Unión Europea para incidir en las causas de deforestación: se requiere silvicultura comunitaria, monitoreos y esquemas de gobernanza que se fortalecerán con el establecimiento de organizaciones locales de control integradas por gobiernos, comunidades y ciudadanos, a semejanza del esquema que se aplica en la cuenca del río Ayuquila de Jalisco, con una junta intermunicipal del medio ambiente que atiende todos los aspectos de la agenda ambiental, añade el funcionario.

A la deforestación y la pérdida de suelo, se debe agregar el tema del agua subterránea. “La península forma, según la Comisión Nacional del Agua (CNA), dos regiones hidrológicas, la 32 y la 33, pero se desconoce a ciencia cierta todavía cómo están conectadas […] sabemos que se trata de un solo acuífero cárstico de tipo libre con muy alta permeabilidad, que las fuentes más remotas del agua vienen desde Guatemala, y que el flujo subterráneo corre hacia el mar, al norte, el oriente y el occidente”, refiere Rodrigo Migoya Von Bertrab, de la organización ambientalista Niños y Crías AC.

Destaca que si bien esa gran existencia de agua abastece todas las actividades económicas, se contamina fácilmente, y muchas zonas urbanas, como ese el caso de Mérida, no tienen la infraestructura indispensable para evitarlo. El mal uso del recurso aumenta la intrusión salina en las costas y la erosión provocada por el mar, lo que mantiene abierto y al alza el problema de la pérdida de playas por todo el litoral que hace menos de cuatro décadas aún era semejante a los primeros días de la civilización.

El fin de los tiempos
“El dios Itzam, dará su rostro a su reinado. Se le sentirá tres veces en tres años, y cuando se cierre la décima generación. Semejantes a las de palmera serán sus hojas. Semejante al de la palmera será su olor. Su cielo estará cargado de rayos. Sin lluvias chorreará el pan del Katún, del Trece Ahau Katún. Multitud de lunares son la carga del Katún. Se perderán los hombres y se perderán los dioses. Cinco días será mordido el Sol, y será visto…” (Libro de Chilam Balam de Chuyamel).

Ejército de calaveras, tétrica representación en uno de los templos de Chichen-Izta

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